Es el aire del globo hinchado
por el soplo de un niño.
Son las ganas del fumador
por desterrar al cigarrillo
del reino de los dedos.
Es el sentir del que no ve
y el observar del que no escucha.
Son las termitas para el que yace en ataúd.
Lo es tener que besar sin usar labios.
Es una pieza más que encaja en un gran puzzle.
Es querer tirar una vez más el dado.
Es cualquier puerta entreabierta.
Es un domador de candados.
Y, así, nuestra amiga pasajera
siempre nos encuentra sitio,
alguna de las innumerables habitaciones,
en su hotel de la vida.
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